En la medida de lo posible

Lo imposible se vuelve excelente, porque nos permite dar la vuelta y girar sobre lo accesible y lo real. Su límite reboca nuestro derecho a pensar lo impensable, creyendo que es maravilloso, y su horizonte nos da la verdad de cuanto llevamos entre manos. Lo imposible no forma parte de nuestro mundo. Quizá en nuestras vidas fueron imposibles algunas cosas que ahora se volvieron, milagrosamente y sin nuestro concurso e intención directa, posibles y reales. Pero eso nunca lo sabremos. Quizá algún día nuestra inteligencia sea tan agradecida como para verlo. Pero de momento son para nosotros sólo posibles que se hicieron verdad. Porque lo imposible queda fuera de nuestro alcance, a pesar de sueños y deseos.

Del mismo modo podemos aprender en lo imposible que resulta trágico no ver cuanto tenemos alrededor. Recuerdo una clase maravillosa de Filosofía cuando todavía no iba a la universidad. El profesor explicaba aquello de acto y potencia de Aristóteles, que a mí tanto me sonaba a la clase de física sobre energía cinética y potencial que había recibido dos años antes. O por entonces no tenía capacidad para comprender del todo lo que la física me decía, o la física no puede hablar de lo que no sabe. El caso es que ambos profesores eran estupendos y sólo salí de la clase de filosofía pensando en mí mismo, en lo que se podía y no podía, en que todo hombre tenía como fin la felicidad y que la felicidad es un posible humano para quienes dirigen y actúan acertadamente su vida. El profesor creo que ni siquiera tuvo intención de hacer pensar. A lo mejor Aristóteles y sus posibles como medida del hombre sí, sin conocerme.

Los posibles son la medida del hombre que ve, que siente, que piensa, que huele, que quiere, que tiene corazón, que sabe llevar en sus manos la vida que se le ha regalado, su propia historia, sus sendas trazadas. Los posibles son muchos en cada momento de la vida. Cuando lo explico a mis alumnos de filosofía llenamos la pizarra de flechas que después no encontrarán y quedo confundido. Porque no hay flechas, ni señales más allá de lo que puedan ver por ellos mismos o con ayuda de otros ojos. ¿Qué es posible en cada momento, qué es posible ahora mismo, o qué será mañana?

Pero el juego de los posibles distrae muchas veces, con pájaros y miedos. Todos hemos pensado en posibles que nunca fueron y nos hemos admirado por lo vivido en cualquier caso. Su distracción no termina, ni se agota. Puede agotar a quien piensa en ellos continuamente casi tanto como a quienes no piensan nunca. El equilibrio nunca fue fácil. El mismo Aristóteles habló de la prudencia, del término medio, del sano equilibrio. Ni dejar de pensar en los posibles, ni darle vueltas a todos porque son excesivos siempre.

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