Vigilar, sin cansarse y sin agobiarse

Cuando quieres algo, pones de tu parte para alcanzarlo. Algunos pasos que te parecen pequeños son verdaderamente fundamentales. Otros se dan como por sí solos. Lo cual comprendes con el paso del tiempo. Aunque no se tarda mucho en percibir cuánto modifican. En determinadas circunstancias hay que hacer un ejercicio de fuerza de voluntad grande para no dejarse llevar por las rutinas de antes y aguantar las novedades, no últimas, que se tienen que dar para alcanzar la meta. Como quien se despierta por la mañana para ir al trabajo y sabe que tienen que coger el transporte que sea para abrir la puerta de su jornal. El transporte sólo es un medio, y se puede disfrutar en mayor o menor medida, sin quedarse en él.

Vigilar es lo contrario de obsesionarse. El que se obsesiona no vive, prendando de su objeto. El que vigila sabe contemplar y aguardar, sabe abrir y cerrar, sabe abrazar el mundo y posarse respetuosamente en él. El que vigila suele hacerlo además por turnos, cuando le corresponde, para situarse con la fuerza necesaria. Al tiempo del esfuerzo le precede la calma y el resposo, y da paso al sosiego y descanso. Aunque la actitud se mantiene, no puede ser constante. El que vigila permanece, sabe estar en las inclemencias de la noche y del temporal tanto como bajo el sol y la sed. El que vigila asciende por una escalera para ver mejor y se levanta sobre un torreón sin confundir su altura natural con la que le ofrecen y brindan las ocasiones. El que vigila construye un horizonte sobre el que posar su corazón, asume la responsabilidad del campo abierto y escruta signos que se ven a lo lejos aprendiendo a no confundir el pan y la cebolla, el tocino y la velocidad. El que vigila se siente a sí mismo guardián de más que de sí mismo, a la puerta de un tesoro, al frente de su pueblo y de sus amigos. El que vigila responde a su misión y trabajo, que posibilita a otros vivir en paz y en lo cotidiano. El que vigila también sabe gritar, dar voz a lo que sucede, poner cara al universo.

Llega un tiempo hermoso para vigilarnos, sabiendo que no nos guardamos sólo a nosotros mismos. Llega un tiempo responsable con la vida de los demás atendiendo a su propio horizonte y futuro. Llega un tiempo para comprender que no estaremos solos jamás en el universo por muy lejos que nos queramos esconder, porque en lo escondido existe un encuentro personal profundo y auténtico, en conciencia y libertad, en delicadeza y ternura, en verdad y amor.

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