Hoy dudo hasta de mí mismo

Qué bella expresión para conocer y comprender lo que son las dudas. En más de una ocasión cualquier persona, y no sólo todo filósofo, tendrá que hacer frente a sus manidas preguntas. Que nadie piense que las dudas son ocasionales, que vienen y se van sin más. Algunas se instalan permanentemente en lo más íntimo y personal. Es más, yo diría que cuanto más humanos nos volvemos, y en cuanto más queremos vivir como personas, más aparecen y de mayor calado. Por lo tanto, ¡bienvenidos al mundo de las dudas a todos los que hacéis camino y os sentís peregrinos! Porque hay días que dudamos hasta de nosotros mismos, como titulo en el post. Y qué bien suena eso de confiar en estas circunstancias.

Ahora bien. Hay que reconocer que no hay duda seria sin apuesta seria en la vida. Y que toda decisión crucial se convierte en un mar de requerimientos y suposiciones, de hipótesis y adelantamientos arriesgados. Si hay dudas es porque, de algún modo, se abre trecho en aquella vereda que se traza al andar. Verde que te quiero verde. Verde maduro, verde frágil, verde hermoso, verde vivo. Y así se atraviesan collados, se vislumbran amaneceres. Las dudas son para la conciencia como despertadores de fragancias que nos dan a oler las claves de la vida. Una duda sobre un resultado de fútbol o sobre el valor de una x en una ecuación matemática vienen a significar más bien poco al lado de una duda sobre el amor mismo, sobre la verdad, sobre la vida que llevamos. Una duda de carácter tangencial se puede olvidar y hasta dejar pasar. Da lo mismo si la resuelvo yo o si copio el resultado del vecino. Salvo por la honestidad. Mientras que una duda central y nuclear nos señala que estamos en el mundo de los vivos viviendo enteramente, y no en las superficies de los interrogantes baratos que se pueden menospreciar. Insisto en que las dudas gordas, las que inquietan el alma, nos ubican en un espacio sin calles llamado corazón en el que habitan infinidad de rostros y en los que la imaginación retuerce con frecuencia senderos que son llanos y provoca relieves de insivibilidad en horizontes lejanos. Las dudas gordas no son para ahora, no conciernen a lo que toca resolver como cuando vamos a la compra. Y sin embargo insiste en la fragilidad de nuestra vida con todo el aprecio que pueden, nos avisan de que la vida se vive una vez, nos convierten a la fe, nos invaden de intimidad dentro de nosotros mismos sin sentirnos solos.

Siempre he distinguido, al menos teóricamente, entre la duda y la sospecha. La duda es, en esencia bondadosa en su martilleo y se puede orientar. Como niebla del trayecto se supera sin perder el rumbo, o esperando. La sospecha viene de más lejos, proviene de los otros y de sus cantares, nos alejan tanto del interior que nos convierte en siervos y vasallos de las opiniones de los demás, de su falta de experiencia y anhelos, de sus fracasos agudos y sus heridas más podridas. La sospecha se parece en poco a la duda, al menos teóricamente. Sólo la duda trae bondad, y de verdad viene de la mano de mejor amanecer. Sólo la duda porta vida y nos hace mirar más allá de nosotros mismos, preguntándonos por lo que vendrá y permitiendo en asombro por lo que ya hay. De hecho, muchas dudas surgen ante los milagros de la vida misma, sobre si es verdad o no que estoy viviendo, sobre si es verdad o no que estoy verdaderamente amando, sobre si es verdad o no que el hombre puede ser tan bueno como parece que se percibe en sus destellos a pesar de la maldad que proyecta sobre todo el mundo en el que nos movemos, con sus periódicos y noticias. La duda nace, insisto, en el milagro que nos pide que acojamos aquello que ya hemos comenzado a vivir por entero, aunque quede mucho por spñar. La duda  y el sueño son primos hermanos de la esperanza.

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