Matices, matizaciones, puntillas y correcciones

Tengo que empezar a asumir definitivamente que nunca se dirá todo lo que se quiere decir. Por lo tanto, más lejos está la posibilidad de decir lo que se quisiera decir. Y cuatro o cinco años luz detrás lo que se debería decir para dar en el clavo y acertar. Para comenzar un buen diálogo, por consiguiente, es necesario rebajar la pretensión del orador machacante como asumir un papel de oyente prudente y comprensivo. Me “cargan” los que, a sabiendas de su propia situación de escucha sin hacer el esfuerzo de poner palabras a la realidad, se dedican cómodamente a poner puntillas y hacer matizaciones sobre la experiencia de otros desde un plano de superioridad que no han demostrado todavía en su vida. Me “cargan” los que confunden la experiencia personal como la universalidad humana, y hacen abstracciones y giros rápidos en los que se nota a leguas que andan proyectándose en sus anhelos inalcanzables. Me “cargan”, y van tres veces que repito lo mismo por la tangente, los que creen que pueden interrumpir a otros en su propia historia de vida con bombazos de miedos que destruyen puentes y demoledoras ráfagas de desesperanzadoras matizaciones.

Frente a quienes matizan y frenan el discurso situaría a los que vuelven a hacer preguntas, doblan y redoblan argumentos para comprender mejor lo que la otra persona está queriendo decir, como acompañando su propio viaje hacia la sabiduría. Esos que, lejos de irrumpir con sus criterios en la sagrada vida ajena, muestran respeto y su propia ignorancia antes de continuar cuidando la relación de amistad que surge entre las palabras. Los primeros, separados en el párrafo anterior, no se parecen en nada a los que mantienen un verdadero afán por matizar lo que el otro ya está diciendo aunque veladamente y de forma oculta. Las palabras no les confunden porque llegan a las personas, sin recordar exactamente lo que dijo y atisbando lo que supondría acoger lo que el otro está queriendo decir, y que todos sabemos que no se puede llevar a cabo perfectamente. Me entusiasman estas segundas personas, que facilitan la vida, trazan líneas claras y tienden puentes que abrazan la realidad conjuntamente superando la debilidad del solipsismo y los monólogos tan frecuentes en los que parecen escuchar sin hacer nada por ello. Me alegra constatar la existencia de quienes se adelantan incluso a la debilidad comunicativa y la donación del otro para mediar en la entrega de sí.

Cuando era pequeño y aprendía a pintar cuadros al óleo, el maestro venía siempre al final, después de un gran esfuerzo y días contemplando la misma obra apareciendo en progresiva belleza ante mis ojos. En un instante le cedía mi paleta, con sus colores, y disfrutaba conmigo añadiendo matices al cuadro. Recuerdo que me impresionaba su facilidad para ejecutar su intención respetando mi momento. Lo hacía enseñando, queriendo que algún día alcanzase yo tal habilidad. No venía a mostrarse ni enseñorearse, sino a mostrarme lo que podía desear y enseñarme el valor de los pinceles y de los colores. Así desearía yo que fueran muchos de los dialogantes de nuestro mundo. Especialmente los que responden al nombre de educadores, de maestros, de profesores, de padres, de esposos, de novios, de amigos, de hermanos, de ciudadanos, de acompañantes, de prójimos. Matizar entonces sería sinónimo de aclarar, provocar la belleza, impulsar y animar, en lugar de lo que suele suceder en nuestro mundo, como pugna y pisoteo del más débil, que es el único que se sabe sabiamente aprendiz ignorante en la vida de cada día.

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