Las trampas de las virtudes y de los defectos

Ayer por la noche, no sé bien por qué surgió el asunto, me dediqué a escuchar los defectos de una persona. La pregunta fue directa, sin darle excesivas vueltas. Y la respuesta igual de clara, rotunda. Lo mejor fue constatar que estaba delante de alguien que se conocía, y a quien conocía, con quien se podía dialogar de todo cuanto habitualmente quisiéramos que pasara desapercibido a los demás. Algo en el tiempo que charlamos me dio a entender que estaba frente a una persona lo suficientemente sincera consigo misma para decirse la verdad, y reconocer el camino hecho, y que iba creciendo en madurez autocrítica.

Al terminar pensé que aquello había sido una mala trampa en la que caemos en muchas ocasiones. Dividir en dos la persona, o en tres, o en cuatro. La trampa está en cribar y seleccionar lo que no está en nuestra mano. El engaño es creer que alguien sería mejor persona dejando de ser quien es, si pudiésemos eliminar esas “cosillas” que nos hacen a todos la vida un poco más complicada. A mí me da que sin los baches, errores, torpezas y debilidades no seríamos ninguno quienes somos. Y por tanto nos convertiríamos en otras personas diferentes.

Lo que algunos andan buscando en el mundo es la perfección que jamás estará para ellos disponible, y su mirada inquisitorial resolverá ningún mal a lo largo de la vida, y su juicio y disección de la realidad terminará por reducir a la nada aquello a lo que tanto ama, y su palabra nunca llegará a tiempo para acoger en verdad a quien tiene delante. Quizá en ocasiones quede el recuerdo y la memoria como segunda oportunidad para una historia feliz. Aunque por ese camino jamás tendremos un presente o un futuro verdaderamente feliz.

Si lo hiciéramos con las virtudes creo que terminaríamos en el mismo mal. Con las mismas circunstancias de fondo, con apariencia de más bonito, de más idílico, de mejor presentado. Pero terminaríamos sin aprender a querer las cosas como son. Quizá desde el amor se mejoren las personas, y el mundo, sin tanto tachón, sin tanto mirar hacia otro lado, sin tanto bordear lo que duele, sin tanta miseria escondida debajo de las alfombras del mundo. Quizá desde el amor la prudencia se convierta en valentía, y dejemos de hacer listas de tres o de cuatro virtudes y defectos y consigamos explicar quiénes somos, qué nos pasa, cómo vivimos, qué nos hace felices, qué nos duele, qué nos ilusiona, qué quema desde dentro del corazón y qué nos hace llorar de alegría.

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