El rostro siempre es para los demás

La cara es el espejo del alma. Y habría que añadir que siempre es para otros. Los espejos son engaños que maquillan tanto nuestra mirada como nuestro rostro. Porque no son naturales, ni se fijan en lo que probablemente mirarán otras personas. De esto te das cuenta cuando sabes que hay caras que sólo pones en determinadas circunstancias, y te preguntan y no sabes responder, e intentas imitar lo que se supone que has hecho y no sale de ningún modo. Es como si existiera una lógica de diálogo en la construcción del rostro de las personas, con sus arrugas y muecas, con sus sonrisas y lamentos. Hay personas ante las que se llora de forma única, y alegrías que sólo dejan entrever en determinadas circunstancias. Las caras no están hechas para reflejar sino para comunicarse, darse, entregarse sin egoísmos y con entera libertad. Mirar a una persona a la cara te adelanta qué debes decir, y cómo han sentado las palabras, y por dónde irá el camino, y a dónde llegarán si se unen sus propósitos y deseos, si convergen sus miradas, si se vuelven asimétricas sus muecas distantes. La cara de la persona, el rostro más humano no contempla la posibilidad de ser sustituido por máscaras o caretas, ni quiere ser forzado. El rostro es la donación de la propia historia, aquel en quien podemos reconocer al amigo que confía, al compañero que sufre, al triste y al esclavo, al valiente y al temeroso. Nuestro rostro significa, en cualquier caso, un momento único y va cambiando con el paso de los segundos venciendo la impasibilidad, rompiéndose en libertad, liberándose. Por eso creo que no me gustan tampoco los maquillajes que envuelven el alma, y amo la espontaneidad que se vive en la intimidad, en el encuentro. Hay rostros únicos en mi álbum de personas a las que amo, con quienes lloro y canto y bailo y pienso y sueño y despierto y construyo y protesto y lucho y siento y, poco a poco, se van reflejando en mi propio rostro, para hacerme ver que lo humano nunca fue estar solo. Todos llevamos el rostro de niños que fuimos, y así podemos ver la debilidad y el amor de los otros. Todos llevamos nuestra historia abierta de par en par para quien sepa leer en trazos y escuchar en silencio.

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