La mejor de las intenciones no contentará a todos, jamás

Ni tampoco la mejor de las acciones. Incluso aquellas en las que las batallas no son contra nadie, sino contra uno mismo. De igual modo las palabras serán insuficientes, como las razones o los sentimientos, para algunos, mientras que a otros le parecerán un exceso y casi un despropósito. El hombre se mueve siempre en un mundo de relaciones que no resulta jamás sencillo al modo como lo imaginamos de ordinario. Ojalá pudiéramos tener un corazón trasparente por momentos, según necesidad del guión de la historia personal. Ojalá pudiéramos también en otras circunstancias hacer desaparecer de nuestro rostro el espejo del alma, y así acallar miedos y dificultades en otros. La mejor de las intenciones nunca suplirá la limitación humana en sus relaciones, como tampoco nos privará de la necesidad de pedir perdón por cosas que nunca creímos que estuviéramos haciendo. Esto lo saben desde los que no tienen ninguna responsabilidad en la vida más que cuidar de sí mismos, como aquellos que llevan sobre sus espaldas el privilegio de acompañar y cargar a otros, sean amigos, sean familia, o fueran desconocidos antes de emprender camino juntos.

Pedir perdón continúa siendo el privilegio del corazón humilde que no se permite el lujo de estamparse en las opiniones de los demás. Pedir perdón sabiendo que no se ha querido hacer daño es la respuesta de la persona que va adquiriendo tanta sabiduría en la vida como para poner a los demás por encima de sus razones. Estos últimos han superado el egoísmo de quienes sólo se ven humillados por la vida según sus propios errores, y no han reconocido todavía que se trata de vivir en medio de un torrente en crecida. Quien pide perdón más allá de sí mismo, por bien del otro, por entablar un diálogo, por coser de nuevo remiendos en una relación que nunca fue ni será perfecta y angelical me merece todo el respeto del mundo. Siempre y cuando lo haga con dignidad, sin perder su condición humana, sin ocultarse en sus palabras y mostrando que la motivación es el amor.

Al final de ciertos caminos, en los que desvelamos ante nuestros ojos que las intenciones humanas siempre son ocultas, y que no por eso son oscuras y tenebrosas, ni dañinas ni malas, sino que son parte del corazón y la dimensión sagrada del hombre, nos daremos cuenta nuevamente de la belleza del ser humano, de la grandeza de la persona. Será por siempre fiel reflejo del alma y de su misterio, nunca acabable y nunca acabado. No se alcanzará nunca inteligencia para hacer una genética de las intenciones. Eso supondría suprimir en el hombre su vida y su intensidad, su libertad y su secreto, su dignidad y su alcance.

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