No sé cómo será la vida del campo, ni si seguirá siendo bucólica como antaño se pintaba en los libros de poesía. Lo cierto es que conozco el trajín y la celeridad de la ciudad, y la pérdida de tiempo que supone desplazarse de un sitio a otro presa del lento girar de las manillas del reloj. Siempre he comido alfalto, salvo un año en el que aprendí mucho lejos de Europa, casi encerrado y con una fuerte sensación inicial de claustrofobia pensando que el mundo en aquel lugar no giraba al mismo ritmo que el resto del planeta. La vida no nos sobra como para perderla en prevenciones y en adelantamientos temerarios, queriendo correr cuando no se puede y descansando más de lo conveniente. No sé bien por qué los que conducen con sus flamantes coches en dirección al trabajo por la mañana o por la tarde se ponen nerviosos cuando no pueden hacer nada. Ni tampoco por qué la gente se mete en vagones embutidos en el metro esperando en la puerta ansiosos a que llegue su parada. O bien no salieron a tiempo de sus casas, o bien nadie les explicó el mundo en el que se metían. Hay cosas que no se pueden variar, se quiera o no dar un giro. Pero otras pueden coger nuevos rumbos a distintas velocidades.

La vida no le sobra a nadie, si bien de esto sólo parecen saber algo personas de experiencia, o aquellas que han pensado algo. La vida no sobra como para tirarla en cabreos y disputas, en sospechas y miedos ajenos, en el cálculo de lo posible pasado o futuro, en las presiones de relojes estereotipados. Ojalá cada persona dispusiera de un reloj verdaderamente real que tuviese en cuenta sus circunstancias. Así probablemente no se dejaría piel y fuerzas dialogando con paredes, ni le explicaría los bellos colores del mundo a quienes tienen cerrados los ojos del alma, ni despotricaría ni juzgaría a quienes se suben sin timideces y con valentía al carro del misterio y del milagro, ni rompería papeles con dibujos de niños que nos presentan el presente y el amor en trazos insignificantes, ni dejaría de abrazar a quien quiere y de ayudar a quien lo necesita.

La vida no le sobra a nadie, según creo, aunque nada hay más maravilloso que sentir que es regalada y que podemos entregarla con una libertad que desconoce el egoísmo y la soledad, con una generosidad que hace de lo propio algo compartido. La vida, que no le sobra a quien se siente vivo y es una carga para quien no tiene razones para vivir, proclama en versos nada románticos aquello de “bendigo a la persona que no me haga perder el tiempo.”

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