Quien no escuche, o no suela hacerlo, mejor que deje también de leer. No sólo este post, sino cualquier cosa. Porque no se ha dado cuenta de algo básico en lo humano. Estamos obligados, algo más que deber, escuchar a los demás. Obligados a construir nuestra vida con sus palabras. Las cuales vienen a mejorarnos o empeorarnos, como decía Sócrates. Las cuales provocan y causan incluso la fe, como señalaba Pablo. Las cuales tejían universos de sentido compartido, y aproximaban a unos y otros al conocimiento de uno mismo y del mundo, como pensaba Vigostsky. A estos tres hombres los he escuchado siempre desde su prudencia. Porque son conocedores de la fuerza de lo que podemos decir, y creo que han sido sabios en este camino. Las palabras nunca son, y ellos lo saben, inocentes palabras porque nacen de corazones y de personas que tienen sus propias historias, sus propios pensamientos, sus propios universos. Si fueran palabras que nacen en la perfección y en las nubes sería diferente, y las acogeríamos de otra manera. Pero no es así. Toda palabra humana es humana, y por ello también fuerte y débil al mismo tiempo, poderosa como palabra y capaz de hacer daño como espada que se clava. Las mejores palabras serán siempre, como no puede ser de otro modo, las que se dicen con amor, por amor y en el amor. Porque el amor se sabe débil, y se presenta como tal sin engañar a nadie, y muy humano por lo tanto. Porque las palabras del amor son atrevidas y cariñosas a un tiempo, palabras descalzadas de las pasiones.

Ya quisieran los sabios saber diferencia a quién sí y a quién no escuchar. Ya quisieran los sabios, en verdad, poder escuchar a todos sin empeorar la vida, y siempre ir hacia adelante. Ya quisieran los sabios poder amar a todos los que tienen algo que decir, y con esto termino, o incluso sufrir por ellos. Porque no hay sabios sin amor, escondidos en palabras objetivas, ni sabiduría que no conozca el riesgo y la ignorancia, lo mucho que queda por seguir caminando. Ya quisieran los sabios la grandeza de los pequeños, y ya quisieran todas las palabras parecerse a las palabras del amor más grande. Ya quisieran algunas palabras aprender a callarse y conocer los abrazos.

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