La medida del milagro

Cada día nos topamos de bruces con milagros. Quizá sean tan cotidianos que nos pasen desapercibidos, o tengamos ya incorporada la medida que nos permite integrarlos en nuestra realidad sin excesivo problema. Considero milagro aquello que es extraordinario, cuyo origen se desconoce y no se puede investigar con las herramientas ordinarias. El milagro nunca se puede medir con las varas de lo cotidiano, con la métrica con la que graduamos el resto de las cosas que ocurren en nuestro mundo. El milagro de la amistad, el milagro del amor, el milagro de que alguien se ponga frente a ti y sea capaz de escucharte atentamente, el milagro de ver el mundo con ojos nuevos, o el milagro de la memoria que porta identidad y agradecimiento. Son todo milagros, que también desbordan en ocasiones sus propias medidas. Entonces nos dejan sin palabras, mudos y en silencio contemplativo frente a lo absoluto, a la irrumpción de algo que nos deja perplejo. El milagro no se recibe al modo como se entra en el supermercado para comprar tal o cual cosa, sino con el corazón henchido. Por eso también creo que hay milagros que pasarán desapercibidos a los ojos de muchos, incapaces de ponerle palabras que se salgan fuera de su normalidad y control. Hablar en los días de la seguridad y de las explicaciones de corazones henchidos hasta albergar la Vida -mayúscula- es mucho decir.

El diálogo se vuelve relativamente fácil cuando estás frente a alguien que también los ha sufrido y padecido, y que tampoco tiene palabras suficientes. Comienza uno a hablar para que el otro, como si fuera un juego de niños, vaya completando los huecos que faltan por cubrir. Y así sucesivamente se produce un contagio de sentimientos, algo nuevamente extraordinario, apoyado en palabras que vienen de más allá de los libros cambiadas desde dentro en su sentido. Se habla de “amor” de un modo poco frecuente, de “pasión” como sufrimiento que también refiere a la felicidad, y de “esfuerzo” sin contar exclusivamente con las propias fuerzas, de “locura” como algo comprensible y deseable para todo el mundo, o de “mundo” como espacio de transformación y no tanto como escenario de la humanidad. La misma palabra “humanidad”, al vivirse conectados y en unión a aquellos desconocidos del otro lado del planeta, hace de la palabra “justicia” algo inevitable, por lo que hay que pasar y que no deja títere con cabeza. Sólo una humanidad así, que nos gozamos en saber que no viene exacta ni directamente del mono y de la evolución lineal, es la medida del milagro. Sólo una humanidad que se considera y vive en libertad, sin significar así la autonomía solitaria, puede atisbar los milagros de la vida cotidiana. Tanto los que impactan, como los que rozan el alma como brisa suave.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s