Derecho a equivocarse

Sólo para personas, nunca para dioses y señores de la vida. Sólo para quienes sean capaces de reírse. El derecho a equivocarse se fundamenta en que somos algo más que un animal que sabe tropezar con sus piernas, y en la grandeza de una razón y un corazón siempre humanamente limitados. Derecho a equivocarse cuando hablas, cuando miras, cuando actúas, cuando escuchas. Derecho que por tanto reconoce y brinda la ocasión perfecta para no permanecer en el error, sino ser humilde y poder expresar nuestros fallos. Sólo cierta sabiduría ejerce este derecho, frente al miedo que impone en las personas la terrible tensión hacia la perfección y la mejora continua sin perder el tiempo.

Me alegro enormente de conocer a mucha gente en sus adentros, en sus profundidades, y de haber tenido conversaciones de todo tipo a corazón abierto con personas de diferentes edades. No sólo se equivocan en los primeros pasos los más pequeños. Sé que hay mayores que están en su misma situación, sé que algunos todavía dan un traspié o pisan a su compañero de baile cuando comienza a sonar la música, aunque luego son capaces de subirse al ritmo de la belleza que está sonando. Sé que hay grandes del mundo que se hacen pequeños con pequeñas cosas, y que ven que no superan una y otra vez lo que saben que les martillea por dentro. Sé que hay pequeños a quienes les parecen grandes ahora lo que después será una china colocada para siempre en su zapato. Y sé que no hay mejor palabra en estos momentos que una invitación a continuar adelante, a levantarse cuando se está caído, a despertar mientras todavía se duerme, a sanar lo que cicatriza, a sonreír en medio del lamento. Sé que la voz que resuena por dentro del hombre en ocasiones viene a fijar la debilidad del lado de la maldad, y sé también que algo más se escucha cuando se pone del lado de lo mejor, del bien máximo que el hombre puede estar viviendo.

Equivocarse no es más que el previo del perdón, de la paz y de la reconciliación, de la ocasión más perfecta que se le da al hombre de no detenerse en la mentira o el error. Quien se reconoce equivocado, en cierto sentido, se sabe superar a sí mismo.

Y me complace también saber que más de uno de esos tropiezos me hicieron caminar en la vida con un ritmo que no era el mío nuevamente, menos veloz, más torpón, más consciente de mis pasos. Y me resulta gracioso darme cuenta de que ciertos equívocos también unen personas, porque he visto a algunos conocerse mientras estaban caídos reponiendo sus fuerzas para poder alzarse. El otro día, sin ir más lejos, un niño pequeño me hacía verme en la nieve del mismo modo que un pequeño que también comenzaba a caminar. Me lo dijo con tanta frescura y naturalidad que, en lugar de herirme de malas maneras, me sacó una sonrisa para seguir cayéndome unos metros más abajo. Y así espero acordarme de su mirada en mis tropiezos, y seguir aprendiendo a pedir perdón cuando corresponda, y avanzar por mis senderos.

Hoy escribo esto porque no hay mejor modo de amar al próximo como uno se ama a sí mismo. Mejor aún, diría que lo escribo porque quien está caído tiene la oportunidad de reconocer y mirar cara a cara, con humildad, a quien es capaz de tender la mano. Lo de la zancadilla o el tropezón viene a ser lo de menos. Me quedo con descubrir al amigo que levanta con fuerza, que tira con sus palabras, que carga con su amabilidad, que conoce mi debilidad y sigue amándome. Otras cosas se podrán olvidar, pero nunca dejaré de pensar en su sonrisa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s