Todos sabemos que el tiempo es relativo, que se encoge y expande

Todos lo sabemos porque ciertamente lo experimentamos. Que da igual que haya dos días muy parecidos por fuera si por dentro estamos distintos. O que da igual que seamos equilibrados y moderados si por fuera todo fluye a distinto ritmo. Y esto lo sabemos desde niños. Cuando, por ejemplo, se hacía lenta y ardua la preparación de un encuentro, mientras el encuentro, la fiesta y el disfrute pasaba a la velocidad del rayo dejando en nosotros el regusto de su vivencia. Vale de muestra su contrario, el periodo de exámenes, que discurría lentamente con la sensación de haber perdido mucho tiempo pudiendo hacer mejor las cosas, presa de los agobios del momento.

Me parece que en esto del tiempo hay que andarse con cuidado. Porque en ocasiones queremos frenarlo a nuestro antojo, sin que sirva de nada todo ese esfuerzo, y en otras luchemos contra la crueldad de lo que pasa sin querer pasar ni dejarnos del todo. El tiempo recibe en sí el caudal de vida. Luego llegará el hombre a decir si es pronto o tarde, si es momento oportuno o lo contrario. Pero eso vendrá después, con su lógica abrumadora y con una experiencia siempre débil y precaria. No todo es medible dentro de los mismos parámetros. O en cualquier caso, lo que siempre se mide con la misma vara producirá de igual modo idénticos frutos a lo anterior, siempre monótono, poco único y muy repetido. Creo que así piensan los que piensan como todos. Sentir la vida es otra cosa. La cuestión más importante es, a mi entender a día de hoy, que esto no se decide ni se puede escoger, ni hay una hoja de ruta, ni una lista de espera para los grandes acontecimientos de la vida. Pasan, están ahí delante, nada impertérritos y mirando. ¿Qué hacer con ellos? ¡Qué gran pregunta! ¿Cómo valorar su tiempo? ¿Cuánto estarán entre nosotros antes de que suene el silbato de partida, o los consuma la llama que todo lo devora?

Hoy he tenido oportunidad de verlo desde otra perspectiva. Con sano juicio, a mi parecer, y con la mente despejada. Lo que creemos rápido puede no serlo, y viceversa. Hay oportunidades como trenes que no conviene dejar pasar pese a la incomprensión de quienes esperan en su estación o ya navegan hacia sus rumbos. Hay amores que, como el Espíritu, sólo saben tocar el corazón y pasar sin dar a conocer en su tránsito el origen ni el destino. Hay palabras que alcanzan melodiosamente la vida de quienes andan dormidos, y gritos que adormecen y nublan miedos.

Hoy tengo la sensación de que el tiempo no es caprichoso de por sí. Que su templanza educa en la búsqueda de los signos. Y que saber ver no es contemplar lo que falta, ni pensar en las múltiples posibilidades, sino adentrarse en la realidad misteriosa que tenemos delante, que nos reclama, que nos envuelve, que nos hace vivir en ella, por ella y para ella. Y que en esa misma vida latiente se hace presente tanto la puerta de entrada a lo eterno como la ventana para divisar su inmensidad. Y hay quienes aprenden a contemplar en ella, y hay quienes mueven los pomos de las puertas. Y aunque todos sepamos que la relatividad del tiempo se debe a lo eterno, que en sí es bello e impactante, no todos se han bañado en sus ríos, ni se han visto recubiertos de su abrazo.

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