Imagina por un momento que todo esto de la felicidad ha sido una farsa, un cuento, una burla de un par de sabios cifrada hace mucho tiempo. Imagina que no hay secreto para la felicidad, y sí felicidad al alcance de la mano, lejos de las complicadas y cansadas reflexiones de unos y otros sobre el tema en busca de lo inexistente. Imagina que puedes simplificar al máximo lo dicho por aquí y por allí, lo aconsejado en tal o cual libro, y que estás frente a frente ante la posibilidad de ser verdaderamente feliz, todo lo feliz que puede serlo el hombre. Imagina sin alambricadas tramas una historia sencilla. Imagina que la felicidad es eso precisamente, la vida sencilla, la vida común, la vida cotidiana. Sin más vueltas de hoja. Y que ha sido regalada entonces por igual a cualquier persona en la faz de la tierra, allende el mar, arraigada en la selva o presa del asfalto de las grandes ciudades. Imagina, por un momento, que eres feliz y siendo sincero ponle nombre.

Imagina que la felicidad que se busca no se puede encontrar por mucho que se intente atrapar. Imagina que está lejos, como muchos quieren que así sean. Imagina la inquietud por hallar algo de sentido a todo cuanto padeces y te ilusiona. Imagina que corres, si es necesario, para no perder tiempo. Imagina que luchas contra feroces miedos en parajes perdidos, si es necesario, para no dar marcha atrás. Imagina que todo es una línea recta, una carretera perdida en el infinito, o un monte que escalar, o una penumbra que atravesar, o un día claro que disfrutar. Imagina que no hay final para este trayecto. Y que después de todo has ansiado más de lo que tus tristes manos podrían albergar. Imagina que alguien, en un cruce de camino, en una posada perdida sale a tu encuentro y te quiere hacer feliz. Imagina entonces el vuelco que hay que dar a la vida, al corazón, a la existencia entera para dejar de buscar y correr, y pasar a sentarse y disfrutar. Imagina que el secreto de la felicidad no está disponible para nadie. Que toda felicidad humana es recibida, es provocada por otros, es fruto del encuentro, de la unión, de la comunión. Que aquel misterio sólo puede ser posible cuando alguien te quiere y tú te enfrentas a la tarea más complicada que pueda vivir el hombre: dejarse querer tal y como es, dejarse amar en su grandeza y debilidad, despojarse de máscaras y de deseos, y provocar la cercanía de quien siempre será otro, con otra vida, con otros sueños… y que aquí comienza el camino para ser felices. Imagina que la palabra felicidad no existe, y sólo puede conjugarse en segunda persona. Que nadie puede ser feliz. Que nadie puede alcanzar felicidad. Que toda la felicidad del mundo es regalada, que nadie se la puede quedar para sí. Que sólo es posible ser feliz permitiendo a otro colarse tan dentro en la vida como para colmarla de bienes y de bendiciones, de agradecimiento y de pasión. Imagina, y con esto termino, que ya está en el mundo, presente y muy presente, tu felicidad y que aguarda para entregarse en forma de risa o de lamento, de caricia o de abrazo, de esfuerzo o de trabajo, de sueño o de movimiento.

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