El milagro del descontrol

Lo típico, “el amor civilizado”, marca hitos y pone cotas. Como un entrenamiento en el que se van subiendo marcas que alcanzar. Y parece que si no se dan los pasos uno detrás de otro, y se hacen las cosas al modo como se estipula en las leyes, en las normas, en las convenciones, en las prudentes palabras de los sabios de nuestro mundo, entonces todo anda descontrolado y hay que rebajar ciertos niveles de intensidad y de locura. Lo típico es la senda ancha que todos pueden caminar, según parece. Porque está hecha para muchos. Lo típico sitúa la humanidad en las referencias que ella misma ha trazado. Lo típico resiste incluso la creatividad de Dios, lucha contra el milagro para comprender lo incomprensible, para hacer pequeño lo inabarcable, para dar explicación precisa donde faltan palabras, y así llenar huecos en los que la vida late, y anegar pozos que son manantiales de vida. Nunca comprenderé a quien no se puede admirar por la belleza del descontrol, ni a quienes no se dejan sorprender mirándose al espejo, ni a quienes no vibran cuando aparece ante sus propios ojos la historia de su vida, ni a quienes escriben con palabras pretenciosas sobre lo que tendría que ocurrir y lo que podría haber ocurrido, ni a los magos de las posibilidades que no fueron en verdad y no existieron nunca, ni a quienes se quedan anclados en pasados cada día más remotos. Nunca comprenderé a quien desecha, por ser excesivamente atrevida, la mirada más humana, la mirada del milagro, la suavidad del descontrol y quiere tener todo bajo sus pies sometido cual rey, siendo siervo, cual capitán sin haber llegado a marinero. Los milagros suceden en todas las vidas, y sólo los tremendamente humildes y sencillos, los que pueden ir fuera-pista y disfrutar los vergeles podrán verlos y contarlos, aún a riesgo de ser entendidos por otros y querer saber más de lo que se sabe.

Me dan ganas de gritar que un abrazo puede ser un milagro, que los ojos cruzados y bizcos también, que las ganas de despertarse sólo suceden una vez al día sin que nosotros tengamos concurso en su elección, que ser capaz de escuchar y adentrarse en al vida de otra persona no pasa de forma previsible ni calculada, que la maravilla de respirar al ritmo del latido de otra persona sólo puede ser propiamente un milagro, y que el amor tiene un lazo que ata, que une, que hace presente en imagen y sonido lo que sólo el amante puede ver. Que los milagros matan y dan vida, que nos hacen mirar hacia arriba. Que la felicidad, el placer, el gozo, la alegría… y más son siempre milagros. Y esto sólo lo puede saber aquel que los quiere y no puede conseguirlos a no ser que acepte un regalo.

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