La libertad, más allá de las teorías

Cuando cursaba el primer curso de Filosofía el tema de la libertad me parecía casi el único gran problema que el hombre moderno debía plantearse con seriedad. Cruce de caminos, que no final, para el diálogo entre múltiples perspectivas, tanto filosóficas como científicas, tanto de la vida personal como de la social, de lo privado y de lo público. Y sigue siendo un tema principal, con el que me topé con acierto. Y creo firmemente que cualquier persona dejaría de un lado todos los libros del mundo que tratan sobre este asunto con tal de vivirla en profundidad, pudiendo elegir, decidir, orientarse, escuchar y alcanzar algo de lo mucho que -y ahora lo sé con una certeza mucho mayor que cuando comenzaba mis estudios- el corazón del hombre desea, el corazón del hombre alberga dentro de sí.

La pregunta por la libertad no es teórica, sino práctica. Muerde las entrañas cuando se quiere algo. Aquí comienza la cuestión, y no antes. No en el estudio, sino en lo que se hace, en lo que se construye o destruye, en la continuidad y en los saltos. Da inicio de esta forma sangrante y exigente. En la vida misma, ante la vida entera, aquella vida con pasado, presente y futuro que no se puede decidir según las ocasiones que los hombres eligen, sino que vive, y fluye, y nos lleva. La libertad es entonces la fuerza que posee el hombre para no dejarse arrinconar por respuestas fáciles ante el tiempo que sentimos siempre que atropella y guía por encima de nuestras posibilidades, y que para algunos les resta ocasiones de complacerse en todo cuanto podría ser eterno y parece no serlo. Torpemente el hombre cree que ser libre es elegir mucho, y poder ampliar sus márgenes. Pero cuando la libertad importa verdaderamente es cuando se desea con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas ser esclavo el amor, del recibido y del que nace en nuestro interior. Entonces, y sólo entonces, al hombre le parecen absurdas determinadas elecciones y no quiere, ni se ve empujado a ellas. Y al mismo tiempo le resultan apasionantes las esclavitudes que le atan firmemente a un amor tan grande. El amor, la relación, la cercanía, la eternidad de lo breve y lo infinito de nuestras debilidades despiertan nuestra inteligencia para considerar verdaderamente la libertad. No como una condena, ni como una mordaza, ni como la ocasión para negar y rechazar, sino para quedarse con algo, una persona o una realidad, aunque a cambio nos dieran millones de otras cosas semejantes. La libertad nos azuza a ver y admirar lo único, nos mueve a acogerlo, nos impide la confusión y la disipación propia de la masa. El hombre libre, diría yo, es aquel que no se conforma con lo que tiene, sino que ama para siempre aquello que estando cerca nunca poseerá del todo, y ardientemente aspira a ser “atado” para siempre. Hay cadenas cuyas dimensiones son propias sólo del amor más grande. Y son cadenas pequeñas, cotidianas, normales.

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3 comentarios sobre “La libertad, más allá de las teorías

  1. Ciertamente ante el deseo d nuestro corazon se juega nuestra libertad, o atenderlo por afecto a nosotros mismos, por tomarnos en serio como nos merecemos o volver la cara sin tomarnos esa ‘molestia’. Así El prefiere nuetra libertad hasta para eso.

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