Poner orden en la vida

Las cajas no sirven para poner orden en nada. Sólo están diseñadas para guardar y acumular aquello que quizá en otra ocasión sea suficiente, o para hacer traslados de aquí hacia otro lugar siempre desconocido. En los armarios permanece la ropa disponible. Pero los armarios están allí donde se vive y hay vida. Las cajas son para los coches en movimiento y los camiones de mudanza, y poco más. Lo que verdaderamente pone orden en la vida, y lo exige, es poner las cartas sobre la mesa, desembalar ardientemente y encontrar ese espacio donde todo está accesible.

Las personas ordenadas no tienen poco ni mucho, sino lo que necesitan y lo que les ofrece inspiración. No descolocan más que otras, pero todo vuelve de nuevo a su lugar casi automáticamente, como de pasada por la casa dejando esto aquí o allí. No se acumulan las tareas de anteayer para pasado mañana, ni se agolpan a la puerta visitas que debieron ser hechas hace semanas. El orden, siempre personal y a gusto del consumidor, sitúa cada objeto en relación con el resto. El orden es bello, el bien tiene mucho que ver con la estética. El orden alcanza tanto al color de las perchas como a las ropas que cuelgan de ellas, a la disposición de los cajones como a la cartera que llevamos al trabajo. Lo que no tiene sentido, respecto al orden es guardar por guardar, cargar una y otra vez con lo de siempre sin mirarlo siquiera. Para eso mejor tirar. Porque alguien ordenado barre y limpia antes incluso de ver pasear la suciedad ante sí. Y así miles de veces, en espiral creciente de sabiduría. No para, crece en calidad.

Para poner orden en la vida intuyo que son necesarias dos cosas por tanto: (1) Vida, de alguna manera centrada y orientada, enfocando al norte o al sur sabiendo qué es el norte y qué hay en el sur. Vida siempre compartida. Vida no simplemente vivida como sujeto único en el mundo. Porque vida se dice de muchos modos. Y nadie puede atraparla para sí diciendo al resto que esto es vivir. (2) Claridad, espacios diáfanos, lugar donde colocar y colocarse. Sin lo segundo la vida se guarda para marchitarse. El espacio donde se vive y mora, que se habita de corazón no es condición para el orden sino una necesidad para que todo pueda darse.

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