Y la Navidad cambió, y se volvió luminosa con una simple estrella en el horizonte

Nunca necesitó mucho más el valiente navegante de tiempos antiguos para situarse en el plano de un mapa que no existía sino en su cabeza, aunque a otros había escuchado de él. Nunca fue pobre la presencia de una estrella que pasa, vista con el rabillo del ojo, para despertar un sueño y hacer soñar entrando en otros misterios. Nunca despreció el hombre la asombrosa tarea de la contemplación, con el cuello ergido, de todo cuanto brilla por encima de su cabeza; algunos nacieron para eso. Nunca se perdió una estrella, porque no obedecía al hombre, ni a sus quereres.

Hace años, todavía lo recuerdo, llegada la noche de Reyes y aguardando suculentos regalos por sorpresa, me tocó una estrella con varias puntas. Era dorada, entraba en la palma de mi mano, se mostraba frágil, se dejaba mirar. Notaba fácilmente que su peso era mayor cuando la miraba con el corazón que con los ojos abiertos. Y cuando la enseñaba, como prenda y promesa de los magos de oriente de aquel año del siglo anterior, la gente no comprendía por qué me hacía tanta ilusión, por qué era capaz de cautivarme de semejante modo. No era nada para ellos. Y recuerdo que pensaba que si aquella estrella, tan bella y tan pequeña, no suponía ningún entusiasmo, tampoco lo serían las millones de estrellas huérfanas que el universo nos ha regalado. Y recojo ahora en mi memoria que las risas no me hacían gracia. Aquello era simplemente una promesa. No podía mostrar más, porque no había más que ver en ella, y sólo escuchando se transformaba. Pero aquello ya pasó, y hoy está compuesto de mi ahora, hasta llenarlo todo, trastocarlo todo. Y sigo agradecido a aquella estrella que yo, ciertamente, había sabido pedir y ya no esperaba. Me enseñó a mirar a sus gemelas luminosas llenas de movimiento. Me educó y sacó de estos universos que nos encierran y nos hacen elegir sin saber bien dónde iremos. Y aquellos magos, con su estrella, me llevaron con ellos. Y la estrella sigue luciendo.

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