Encuentros fortuitos

Son los mejores. No lo puedo negar. Menos en estos días, de cafés provocados, de conversaciones monotemáticas. Los encuentros fortuitos con quienes llaman a la puerta por sorpresa, con quienes cantan en el metro hacia sus adentros hasta que son incordiados, con quienes iban sin venir y se cruzan cuando van en línea recta hacia su meta. Los encuentros fortuitos responden a una lógica incierta para el ser humano, que no tarda mucho en comprender cuando todo ha sucedido y se conectan todos los caminos con sus paradas, con sus retrasos, con sus estancias, con sus otras visitas sorprendentes a personas que no querían saludar. El mundo funciona así. Y así entonces resulta paradógico querer escoger el mejor momento, para que deje de ser maravilloso y sorprendente, o pretender la ocasión perfecta redirigiendo unos pasos que no son los nuestros propiamente. Y resulta crucial, y no puede ser de otro modo, que los que están llamados a juntarse lo hagan sin que sepan, envueltos en sorprendente misterio. Otra cosa, diferente, sería hablar ahora de lo que sucederá después. Más allá de la sorpresa, del agradecimiento, del mutuo reconocimiento. Los encuentros son sólo eso, en ocasiones. Porque otras veces durarán para siempre, cada día y para toda la vida.

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